Las sardinas a la brasa por Daniel Higiénico

Aquel día tenía hambre, como todos los días. Era domingo y los domingos siempre voy a dar una vuelta por la playa... bueno, no siempre, algunas veces... bueno, la verdad es que hace tiempo que no iba. En fin, ahora que lo pienso no voy casi nunca... debe de ser que siempre pienso que debería ir pero al final no voy... cosas del subconsciente. Bueno, lo importante es que aquel domingo fui.
Era invierno pero hacía un día cojonudo, un sol espléndido. Iba pensando en una idea para un relato. Soy escritor, bueno, mejor dicho, a veces escribo cosas... relatos cortos... aunque, pensándolo bien, hace tiempo que no escribo nada... Bueno, lo importante es que aquel domingo estaba pensando en escribir algo... no recuerdo muy bien que... Ah, si!... Era un cuento sobre un perro que se convertía en presidente del gobierno y todo lo hacía muy bien... se titulaba "El perro mas listo del mundo " o algo así...
... Estaba pensando en ello cuando me llegó un olor a sardinas a la brasa impresionante. El olor era tan puro que ya me vi comiendo un plato de sardinas con pan tostado frotado con ajo, tomate y aceite. Me imaginé una gran ensalada con tomate, lechuga, cebolla, olivas, zanahoria... La sugestión era tan real que me pareció que mis dedos olían a pescado y hasta vi una mancha de vino tinto en mi camisa. La verdad es que me cogió un hambre salvaje... quizá tenga que ver algo el porro de marihuana que me había fumado, solo se que estaba hambriento.
Empecé a buscar de donde provenía el olor y enseguida vi que, cien metros por delante de mi, había un grupo de gente mayor que estaban asando sardinas en una gran barbacoa. Parecía una especie de "sardinada" popular organizada por alguna asociación de vecinos. Me acerque a fisgonear un poco a ver si pillaba algo, a meter la nariz... nunca mejor dicho.
Al cabo de un rato cuando ya había cogido confianza con un par de señoras que me contaban que hace unos años todo aquello eran campos y que por allí pasaba el tranvía... me sonó el móvil... Era Raquel... Acababa de llegar de viaje y empezó a contarme como había ido... yo no le pregunté nada porque nos íbamos a ver aquella misma tarde pero a ella le gusta hablar por teléfono... es como un vicio.

Raquel y yo nos conocemos hace muchos años. Vivimos juntos un tiempo pero no funcionó. Yo siempre tengo la cabeza en otro sitio y se cansó de mis silencios. Mis teorías sobre el silencio y sus propiedades curativas la sacaban de quicio. Ella siempre estaba hablando, no podía estar callada ni un momento y si estaba con mas gente todavía peor. En cuanto había un silencio empezaba a hablar como una cotorra de cosas que no venían a cuento. Ella decía que lo hacía para que no decayera el ambiente, decía que una conversación lleva a la otra y al final siempre puede salir alguna cosa interesante. A mi me parece que se ponía nerviosa cuando nadie hablaba... Yo le decía... "¡No pasa nada!" "¿Por qué tenemos que estar siempre hablando?" "¿Qué es lo que te molesta?"... pero siempre salía con evasivas...
No se, yo creo que hablamos demasiado de todo, de cosas absurdas, hablamos demasiado de los demás, escucho muchas conversaciones como... "¿Juan ya no esta con Gloria?"... "Claro, es que a Juan déjalo correr" o "¿Viste lo que hizo aquel tío en la tele en el programa de no se quien?" "Uy, si, fue alucinante", como si la televisión fuese lo mas importante que existe en el planeta. Me da la impresión de que si no existiera la televisión no sabríamos de que hablar o, como debería ocurrir, que solo hablaríamos cuando hay algo que decir. Esa teoría la sacaba de quicio... al final hacerla enfadar era como un juego para mí. La verdad es que no se que hacía viviendo con ella... bueno, que mas da!...

...Después de estar un buen rato en silencio mientras ella me contaba su viaje por teléfono, quedamos por la tarde para que me contara su viaje sin teléfono y colgué. De repente se me ocurrió una nueva idea para el relato del perro. Algo así como que el perro presidente obligaba a la población a estar en silencio por lo menos tres horas al día........ Me quedé un rato meditando y entonces... me acorde de las sardinas. Miré a mi alrededor pero no quedaba nadie, estaban todos tomando café en el chiringuito. Mierda! Se habían acabado las sardinas y yo sin catarlas. Me acerque a la barbacoa pero no quedaba ni una. Detrás de una tabla de windsurf había un gato relamiéndose los bigotes. Parecía que se reía de mi y, mirándome fijamente, me dijo................ No, no voy a decir lo que me dijo.... ¡Ni hablar!